Nicolás Jarne es un amante de las motos… Y de los viajes. Ahora está cumpliendo uno de sus sueños: dar la vuelta por el mundo al mando de su Honda Transalp 650. Aquí te cuenta sus experiencias y aventuras de su viaje.

Nicolás Jarne es un auténtico aventurero español y un amante del mundo de las dos ruedas. Nacido en Madrid y residente en Palma de Mallorca, desde pequeño despertó en él la necesidad de viajar y conocer nuevas culturas. Su primer viaje lo hizo a los mandos de una Kawasaki ZZR de 250 cc cuando tenía 18 años por Europa.

Diez años después, Nicolás decidió iniciar su gran viaje, el 16 de Noviembre de 2017 partió desde Palma Mallorca con la intención de dar la vuelta al mundo. Lleva más de un año viajando por la costa Oeste, rumbo al sur, su compañera de viaje es una Honda Transalp 650Cruzó a Marruecos en ferry, y desde ahí ha recorrido países como Senegal, Mali, Burkina Faso, Togo, Nigeria, Camerún, Congo y Angola entre muchos otros. Actualmente se encuentra dando la vuelta al indómito continente Africano en su Honda.

El proyecto lo ha llamado ‘Ride Me Five‘, y según ha apuntado Nicolás su intención es mostrar la realidad que vive en cada sitio que visita a través de sus vídeos. ‘Voy grabando y editando por el camino los vídeos de esta aventura, tratando de mostrar un África distinta a la que nos enseñan en los medios… Voy enseñando mis aventuras a la vez que doy voz a personajes con historias interesantes’.

Echa un vistazo al último vídeo que ha publicado 🙂

 

¿Alucinante verdad?, ahora se encuentra en Sudáfrica, y desde allí partirá hacía la costa Este rumbo al norte, empezando por Mozambique. Nicolás ha afirmado que le gusta pasar tiempo en los países que visita para conocerlos mejor. ‘Como veréis me gusta viajar despacio y conocer lo mejor posible los países que recorro. Evito siempre que puedo el asfalto para meterme por las pistas más remotas que encuentro. Tengo el firme pensamiento de que es ahí donde aún resisten la esencia y la autenticidad de los países’.‘Como os podéis imaginar, cada día aquí es una aventura, no llevo nada planeado y me dejo llevar con la corriente de los acontecimientos’.

Nicolás Jarne nos ha enviado una crónica del encuentro con una de las tribus más antigua y excepcional que ha encontrado durante su viaje. Con sus palabras podemos ponernos en la piel de este aventurero, cómo se siente y cómo son sus días, en soledad con su moto, y todo lo que le rodea en cada estancia de su viaje.

Viaje en moto por África

‘Me gusta buscar la raíz más auténtica de cada país y sus tribus, cada vez es más difícil encontrar tribus que aún no estén contaminadas por la vida moderna. En esta breve crónica hablo del encuentro con una de las más remotas que he visto durante el viaje’.

Amanezco escuchando voces femeninas, anoche acampé a oscuras y no sé muy bien donde estoy… Asomo la cabeza por la tienda y veo que estoy pegado a un camino por el que cada mañana, las mujeres de la aldea cercana, transitan a primerísima hora en busca de agua, con la elegancia que solo está al alcance de las mujeres, portan en su cabeza con perfecto equilibrio los grandes cubos.

Me miran extrañadas, algunas se ríen, otras aceleran el paso, saludo de igual manera a ambas, he ido aprendiendo que, ante cualquier encontronazo inesperado, lo mejor es saludar con efusividad y sonreír, así demuestras que te sientes cómodo allí y que no está pasando nada raro.

Giro la cabeza y veo que he acampado en una zona repleta de cactus, probablemente sea esta la razón por la que me he despertado con la colchoneta deshinchada… Ya no pienso demasiado en las cosas que no tienen solución, por aquí no tiene sentido.

Me subo a mi moto y deshago los 200 metros que me separan de la carretera, con la oscuridad de la noche anterior jamás lo habría adivinado, pero ahora puedo ver donde estoy, es una especie de estanque natural.

Es temprano. Recorro los kilómetros de asfalto que me separan de mi siguiente destino, lleno el tanque de gasolina y dos botellas de 5 litros por si las moscas. Compro toda el agua que me cabe en la moto y arranco.

No sé muy bien que me voy a encontrar. En el último pueblo antes de mi desvío pregunto por la ruta, pero nadie la conoce. Es lógico, ya que, desde hace años, hay una carretera asfaltada que lleva al mismo destino y nadie usa ya el viejo camino. Teóricamente ambos llevan a la frontera con Namibia; uno en horas y el otro en días.

Por experiencia sé que no encontraré ni gasolina ni agua por el camino, calculo que rondará los 400 kilómetros. Pueden sonar a pocos, pero por según donde, pueden llevar días o incluso semanas.

El desierto de Namib, el más antiguo del mundo

Mi intención es adentrarme de pleno en territorio Himba. Son un pueblo seminómada que vive al norte de Namibia y al sur de Angola. Debido a las duras condiciones climatológicas de la zona se habían mantenido aislados del exterior, pero con el aumento del turismo en Namibia, han ido perdiendo su forma de vida y adoptando hábitos de vida externos. Por lo que tengo entendido, el único lugar donde aún puedo llegar a encontrar tribus que todavía permanezcan aisladas, es en esta remota zona de Angola, a las afueras del que se cree que sea el desierto más antiguo de nuestro planeta: el desierto del Namib.

Tras unos 30 kilómetros aceptables comienza una pista estrecha, hecha polvo por la época de lluvias. La gente ha pasado de mirarme raro a mirarme con extremo asombro. Es buena señal, significa que me estoy adentrando donde pocos viajeros han ido antes.

Conduzco durante las primeras horas por un estrecho camino. Me cruzo con muchas más vacas que personas. Me llama la atención que, en esta zona, los pastores son niños que dudo que lleguen a los 10 años. En algunas ocasiones van dos o tres, imagino que el mayor les estará enseñando el oficio a los más pequeños. Sorprende la destreza con la que manejan el ganado, en alguna ocasión con un par de gritos-gruñidos y con ayuda de su vara, me los apartan del camino en cuestión de segundos.

Avanzo las primeras horas saludando a niños pastor, algunos se asustan y se esconden detrás de algún árbol. A otros se les ilumina la cara con una sonrisa tan pura que solo los niños conservan.

La moto va muy cargada, pero responde bien. Los caminos no son buenos, pero podrían ser peor. Recorro una media de 20 km por hora, no es mal ritmo para este tipo de lugares.

Pasadas unas horas, dejo de ver gente. El camino, cada vez más difícil, serpentea entre montañas atravesando decenas de cauces de ríos secos. Afortunadamente estamos en estación seca y no llevan agua, pero son extremadamente arenosos. La arena suelta y las motos pesadas, nunca se han llevado demasiado bien…

Va cayendo la noche y decido buscar donde acampar, llevo un buen rato sin ver poblados, a mi izquierda sube una pequeña ladera, toda esta zona está cubierta con unos árboles de la familia de las acacias. Pronto descubro que tienen unas espinas terribles. Conduzco esquivándolos casi todos, quedan pocos minutos de luz. Las puestas de sol son espectaculares por aquí. A causa del polvo en suspensión, el cielo se pone en llamas durante unos minutos, es el país con las puestas de sol más bonitas de lo que llevo de viaje.

Una de las cosas que más me está gustando de este viaje son los cielos nocturnos. Por este tipo de lugares tan remotos, el cielo te enseña más estrellas que a los demás y el brazo de la Vía Láctea luce con contundencia.

Las aldeas son extremadamente simples. Por lo general en cada aldea viven miembros de la misma familia, protegida por una circunferencia construida con ramas de acacia.

La relación con los pobladores, a veces tensa

A la mañana siguiente, me topo con un poblado que está muy cerca del camino. Paro la moto a las puertas y me bajo. No tardan en salir sus habitantes, deben ser unos 15 y se dirigen hacia mí con paso firme. Me fijo en que hombres mujeres y niños llevan un machete en la mano, cuando alcanzo a ver sus caras, veo rostros serios y el lenguaje corporal no ayuda. Comienza a latirme rápido el corazón y se me pasa por la cabeza salir de allí pitando, las señales que recibo no son nada amigables, pero me controlo y mantengo la sonrisa.

Los primeros minutos son un poco tensos. Les saludo en portugués, tras unos segundos de silencio y asombro, me responden con poca fluidez. Poco a poco se va relajando el ambiente y van dejando de lado los machetes. Los hombres visten nada más que una especie de falda, las mujeres llevan extraños peinados recubiertos de barro y visten de la misma forma. Los peinados aquí son muy importantes, denotan su lugar en la sociedad, revelan, entre otras cosas, si eres una niña o estas en edad de casarte, si ya estas casado o si has enviudado. Antes de irme, decido darles unos pocos Kwanzas, la moneda de Angola. Para mi asombro, se pasan los billetes de unos a otros con cara de sorpresa y los examinan con curiosidad, ¡No conocen su propia moneda! ¡Que libertad más grande! me digo. Cada vez estoy más cerca…

Vuelvo a mi motocicleta para adentrarme todavía más en territorio Himba. Cuanto más avanzo, más se estrecha el camino. No hay huellas de coches ni de motocicletas. En un par de ocasiones me planteo si será esta la pista correcta, ya que el camino se vuelve tan estrecho que parece desaparecer y se complica mucho durante algunos kilómetros. Está siendo una de las pistas más difíciles por las que he conducido hasta la fecha, tengo un par de caídas sin consecuencias.

Paso unas horas sin ver a nadie y me vuelven las dudas de si estoy yendo por el sitio correcto, o no si no son más que los restos de algún camino abandonado. El calor se hace notar, pero afortunadamente, aún me queda algo de agua.

A lo lejos diviso una silueta, al acercarme, resulta ser un burro en el que van montados una niña de unos nueve años y su hermano, al que lleva enganchado a sus espaldas, debe tener poco más de 1 año. En tierra hay una mujer que parece ser la madre.

El burro está cargado con todo tipo de telas y recipientes hechos a mano. ¿A dónde irán? Les saludo en portugués:

– Bom Día.

No responden, lo intento un par de veces más y no obtengo respuesta. La mujer dice unas palabras en su ininteligible idioma local, a los pocos segundos me doy cuenta de que no hay comunicación posible. Intento utilizar señas, pero aun así resulta complicado, por ejemplo, la seña de llevarse un tenedor a la boca, en todos lados se entiende como comida, pero en este caso para ella no significa nada. Me hace unas señas extrañas abriendo la boca y acercando el puño a esta, me cuesta un poco, pero intuyo que significará agua, saco una botella y se le iluminan los ojos, me queda poca agua y no tengo ni idea de cuánto camino tengo por delante, por lo que divido mi botella en dos y le entrego una.

Acerca la botella a la boca del niño pequeño, parece estar dormido, les cuesta despertarle, le zarandean unas cuantas veces hasta que abre vagamente los ojos durante un par de segundos para volverlos a cerrar. Detecto que hay algo extraño, parece estar muy débil, la madre consigue que se moje un poco los labios y le pasa la botella a su hija. Me fijo en que la niña tiene un ojo blanco, en Nigeria vi en chimpancés algo similar, era un virus que les termina dejando ciegos del ojo, es muy joven para perderlo me digo.

Es bastante tímida, en muchas ocasiones les doy miedo a los niños, dudo bastante que haya visto a algún blanco antes. Bebe sin respirar hasta que la madre le quita la botella para terminarse con ganas los últimos tragos.

Intento preguntarles su nombre, normalmente si me señalo y diciendo – Nico, y luego les señalo a ellos, entienden que les estoy preguntando el nombre, en este caso tampoco funciona. Me doy cuenta de que estamos tan lejos culturalmente, que ni la comunicación por señas es efectiva, rara vez había visto esto antes.

Me preocupa el niño, no tiene energías ni para beber, pero su madre y su hermana no parecen preocupadas, sonríen a ratos y no le dan importancia, si ellas están tranquilas, será que todo va bien me digo, por lo que paso el tema por alto.

El calor que hace allí es tremebundo, no hay casi sombras en las que refugiarse, el sol por esta zona del planeta no da tregua y el polvo te reseca aún más la boca. Está siendo bastante duro para mí, que tengo agua, comida y estoy medianamente preparado. No me quiero imaginar lo que tiene que ser viajar por estos lares en burro, a esa edad y por lo que parece, sin agua… No consigo averiguar de dónde vienen ni a donde van, pero más tarde descubriré que el siguiente poblado está a unos 30 kilómetros de allí…

Tras un agradable rato con esta familia, me subo a la moto. Me invade una sensación extraña, la situación en sí, es dura, pero lo que más me choca es ver al niño tan débil y a su familia tan tranquila…

Durante los siguientes kilómetros hay un pensamiento que no para de menearse dentro de mi cabeza, al cabo de un rato me doy cuenta de lo que está pasando. Puede que yo lo esté enfocando mal, tal vez esté pensando de una manera demasiado occidental.

En ese momento me viene a la cabeza una conversación que mantuve hace un par de semanas en Luanda, la capital del país. Me contaron que Angola tiene una de las mortalidades infantiles más altas del mundo. A día de hoy uno de cada cinco niños, no llega a cumplir los 5 años, es una cifra estremecedora, pero hasta el momento no era más que una cifra en mi cabeza, como otras tantas…

Soy de los que necesitan ver para entender la magnitud de las cosas, durante el viaje he ido escuchado historias de mortalidad infantil, hay algunos pueblos que no ponen nombre a sus hijos hasta que no cumplen los 5 años, prefieren no cogerles demasiado cariño, por lo que pueda pasar…

Es entonces cuando me doy cuenta de que sus caras sonrientes me han confundido, probablemente el niño no estuviera bien, pero aquí la vida funciona de una manera muy diferente y muy sencilla; si genéticamente eres lo suficientemente fuerte para superar las infecciones, heridas y enfermedades que te encuentres en tus primeros años de vida y además tienes algo de suerte, sobrevives, de lo contrario, mueres.

Dicho así, suena duro, pero en muchas partes de África es su día a día, el ser humano se adapta prácticamente a cualquier situación, por dura que sea…

Al igual que nosotros somos conscientes de que a todos y cada uno de nosotros, algún día se nos agotará el tiempo, y de que es un hecho inevitable. Ellos han asumido que uno de cada cinco hijos se les va a morir antes de cumplir 5 años, es ley de vida, lo aceptan como normal, no es agradable, pero así son las cosas. Es simplemente un rasero distinto, creo que al final las cosas son lo que son, por como las asumimos, no por lo que son.

Este tipo de experiencias, por duras que sean, son las que vengo buscando, me ayudan a poner ligeramente las cosas en perspectiva, no vengo con la osada intención de buscar respuestas, me conformo con encontrar preguntas, y estas situaciones hacen que me surjan muchas. 

¡En busca de nuevos episodios!

¡Disfruta de tus aventuras Nicolás, y qué se cumplan todos tus sueños! Aquí os dejamos el enlace al canal de Youtube con todos sus vídeos para que echéis un vistazo a todos sus viajes 🙂